El sistema democrático nos permite reclamar frente a las decisiones que afectan la vida cotidiana de los trabajadores. Cuando las instituciones no ofrecen respuestas, las manifestaciones se convierten en la expresión colectiva del hartazgo y en la voz de quienes sienten que ya no son escuchados.


En Misiones, las protestas de 2024 marcaron un punto de inflexión: modificaron la relación entre la sociedad y el poder político. El miedo comenzó a debilitarse, el reclamo ganó las calles y aquello que durante años se soportó en silencio pasó a discutirse públicamente. Desde entonces, gobernar exige comprender que la ciudadanía ya no está dispuesta a aceptar sin cuestionamientos las decisiones de sus representantes.

El reclamo social demanda soluciones concretas para problemas que se arrastran año tras año y gobierno tras gobierno. Salarios insuficientes, servicios públicos deficientes y políticas alejadas de las necesidades cotidianas conforman un escenario que ninguna gestión logró resolver por completo.

Hoy nos encontramos frente a funcionarios que muchas veces no funcionan, políticas públicas con escasa llegada a la realidad y un sistema que permite que esas falencias se repitan. La pregunta es inevitable: ¿por qué ocurre esto?

Puesta en escena

La respuesta no puede buscarse únicamente en las instituciones. También debemos observar la manera en que se construye actualmente el debate público.

Vivimos atravesados por las noticias falsas, las operaciones y la desinformación. En ese escenario, el adversario político puede ser desprestigiado mediante acusaciones presentadas con una apariencia de veracidad casi incuestionable. Se ensucia la cancha para obtener una ventaja inmediata, sin comprender que esa misma suciedad deberá ser pisada por todos para poder avanzar.

Las redes sociales aceleraron esta dinámica. Una acusación puede circular antes de ser comprobada y una mentira repetida miles de veces puede adquirir la apariencia de una verdad. Así, el debate deja de concentrarse en las ideas, las propuestas y las necesidades de la ciudadanía para convertirse en una competencia de agravios.

Este deterioro no es un asunto menor. Si el poder depende de la legitimidad que obtiene frente a la sociedad, una política construida sobre la desinformación termina debilitando la confianza pública y profundizando la distancia entre representantes y representados.

Alta suciedad política

La democracia también permite que las identidades políticas cambien. En la actualidad, expresiones como “peronistas libertarios” o “libertarios justicialistas” se volvieron moneda corriente en las mesas de debate. Hace algunos años, esas combinaciones habrían resultado difíciles de imaginar.

Los nuevos paradigmas de la política obligan a revisar conceptos que durante décadas parecieron inamovibles. Las fronteras ideológicas se volvieron más flexibles y algunos dirigentes encontraron formas de desplazarse entre espacios que antes se presentaban como antagónicos.

Estos movimientos no son necesariamente negativos. El problema aparece cuando el cambio de posición no responde a una revisión honesta de las ideas, sino a la necesidad de conservar un cargo, acercarse al poder o garantizar la supervivencia electoral.

La construcción política requiere responsabilidad, trabajo, coherencia y, sobre todo, una lectura atenta de la realidad. Sin embargo, muchas veces quedamos atrapados en la urgencia del presente y nos olvidamo de las decisiones del futuro.

Las prácticas del Siglo XX

“¿Qué podemos esperar de un burro más que una patada?”. La conocida expresión popular podría utilizarse para describir algunos comportamientos de la política misionera, que por momentos parece naufragar en un océano de descalificaciones, acusaciones y disputas personales.

Quienes ayer se abrazaban hoy se presentan como enemigos irreconciliables. Las diferencias que antes se resolvían dentro de los espacios políticos ahora se trasladan a las redes sociales, donde aparecen publicaciones que sobrepasan los límites del debate democrático e incluso avanzan sobre la intimidad y la vida personal de los adversarios.

Las peores prácticas de la política de los años noventa parecen haber regresado, pero fortalecidas por la velocidad y el alcance de las plataformas digitales. La agresión se viraliza, el escándalo desplaza a las propuestas y el adversario deja de ser alguien con quien se discute para convertirse en un enemigo al que se debe destruir.

Esta forma de hacer política demuestra que el poder no solamente se disputa en las elecciones o dentro de las instituciones. También se construye mediante discursos, imágenes y relatos capaces de influir sobre la percepción de la sociedad.

¿ Y si nos involucramos?

El juego electoral ya comenzó y dejó de estar protagonizado únicamente por dos grandes equipos. El crecimiento de espacios independientes, la aparición de nuevos liderazgos y la evidencia de un hartazgo colectivo permiten discutir situaciones que antes se aceptaban sin demasiados cuestionamientos.

Sin embargo, la fragmentación de la oferta política no garantiza por sí sola una democracia más fuerte. La aparición de nuevos nombres debe estar acompañada por proyectos, propuestas y formas distintas de ejercer el poder. Cambiar a los protagonistas sin modificar las prácticas significaría repetir el mismo problema con otros rostros.

Por eso, la participación ciudadana resulta indispensable. Cuando la sociedad se aleja de la política, otros toman las decisiones en su nombre. Participar no significa únicamente votar: también implica informarse, reclamar, debatir, controlar a los representantes y exigir explicaciones.

El inicio

El año 2024 quedará registrado en la historia política reciente de Misiones. Sin necesidad de atribuir el proceso a una sola persona, las protestas encabezadas por policías, docentes, trabajadores de la salud y otros sectores de la ciudadanía marcaron un quiebre en la relación entre el Gobierno provincial y una parte de la sociedad.

Los reclamos salariales sacaron a la superficie un malestar acumulado. Durante años, numerosos trabajadores habían expresado su descontento de manera aislada o silenciosa. Las protestas permitieron que esas demandas dispersas se encontraran en el espacio público y adquirieran una dimensión colectiva.

Más allá de los resultados particulares de cada reclamo, algo cambió: la ciudadanía comprobó que podía ocupar las calles, señalar las fallas del sistema y exigir respuestas. El miedo no desapareció por completo, pero dejó de ser suficiente para contener el descontento.

Ese proceso explica por qué las condiciones políticas actuales ya no son las mismas. La protesta no derribó automáticamente las estructuras existentes, pero alteró la relación de fuerzas entre quienes gobiernan y quienes reclaman ser escuchados.

La nueva esfera

Michel Foucault sostenía que el poder no es un objeto que alguien posee de manera definitiva. El poder se ejerce, circula y se transforma constantemente dentro de una red de relaciones. Por eso, más que desaparecer, cambia cuando se modifica la relación de fuerzas que permitía controlar, conducir o imponer determinadas conductas.

Ningún poder es completamente estable ni puede perpetuarse sin resistencias. Allí donde se ejerce el poder también aparecen cuestionamientos, conflictos y personas dispuestas a debatir el orden existente.

En Misiones, esa relación comenzó a modificarse. Las estructuras institucionales permanecen, pero la sociedad se muestra más dispuesta a señalar, reclamar y discutir aquello que considera injusto. Los acontecimientos de 2024 no significaron la desaparición del poder político, sino una transformación en las condiciones bajo las cuales puede ejercerse.

Quienes aspiren a gobernar deberán comprender esta nueva realidad. La ciudadanía reclama bienestar, respuestas y políticas conectadas con su vida cotidiana. Ya no alcanza con conservar una estructura electoral ni con administrar el poder desde la distancia.

El poder puede mantener sus nombres, sus cargos y sus edificios. Pero comienza a perder eficacia cuando la sociedad deja de obedecer en silencio, pierde el miedo y comprende que también tiene la capacidad de modificar la relación de fuerzas.