El día que todo un país deseaba postergar finalmente llegó: Lionel Messi se despidió de la Selección argentina de fútbol después de dos décadas vistiendo la camiseta celeste y blanca. Desde las primeras horas, la jornada tuvo un aire diferente. Todos sabían lo que estaba por suceder y, desde la previa, se respiraba una atmósfera cargada de nostalgia y emoción. Las lágrimas amenazaban con brotar incluso antes de que comenzara el partido, como si el corazón de millones de argentinos se resistiera a aceptar que una etapa estaba llegando a su fin.
Porque Messi no es simplemente un futbolista que patea una pelota y convierte goles. Messi es parte de la vida de toda una generación. Son veinte años de historia compartida, de alegrías, frustraciones, ilusiones renovadas y sueños cumplidos. Tanto tiempo pasó desde su debut que algunos de los futbolistas que compartieron aquella última jornada con él ni siquiera habían nacido cuando se puso por primera vez la camiseta argentina.
La historia de La Pulga no se resume únicamente al Mundial de Qatar 2022, aunque aquella consagración haya sido la frutilla del postre. Su recorrido comenzó mucho antes, en Alemania 2006, cuando todavía era una joven promesa que observó desde el banco la eliminación argentina en los cuartos de final. Continuó en Sudáfrica 2010, cuando asumió un papel protagónico en un equipo que no logró alcanzar sus objetivos, y tuvo uno de sus capítulos más dolorosos en Brasil 2014, cuando quedó a un paso de levantar la Copa del Mundo.
Después llegaron las dos finales de Copa América perdidas consecutivamente, el desgaste emocional y aquella frase que quedó grabada en la memoria colectiva: "Ya está, la Selección no es para mí". En medio de las críticas y los cuestionamientos de buena parte de la prensa, Messi anunció un retiro momentáneo del seleccionado. Por fortuna, aquella decisión no fue definitiva y el capitán regresó para escribir las páginas más gloriosas de su carrera internacional.
El camino tampoco estuvo exento de dificultades. Rusia 2018 dejó una imagen dolorosa de la Selección, atravesada por tensiones internas y cuestionamientos al cuerpo técnico. Sin embargo, cuando parecía que la historia se le volvía a escapar de las manos, comenzó una nueva etapa. Con la llegada de Lionel Scaloni y el nacimiento de la llamada "Scaloneta", la Argentina encontró el rumbo y Messi, finalmente, empezó a conquistar aquello que tanto había perseguido.
La Copa América de 2021 marcó el principio de una era inolvidable. Luego llegaron la Finalissima, el histórico Mundial de Qatar 2022 y una nueva consagración continental en Estados Unidos 2024. En Lusail, el pueblo argentino tocó el cielo con las manos y el capitán pudo cumplir el sueño que lo había acompañado durante toda su vida: convertirse en campeón del mundo. A esa colección de conquistas se sumó una nueva participación mundialista, en la que muchos volvieron a verlo entre los grandes protagonistas de la competición y en la que la ilusión de conseguir un bicampeonato mantuvo viva la esperanza.
En definitiva, una carrera marcada tanto por los momentos de gloria como por las caídas que hicieron todavía más valiosos sus triunfos. Por eso, su despedida no podía ser un partido más.
Aquel día, Messi llegó al estadio en el micro de la Selección con lágrimas en los ojos, una imagen que anticipaba lo que estaba por venir. Durante el calentamiento, se lo observó visiblemente emocionado, una expresión poco habitual en alguien acostumbrado a convivir con la presión de los escenarios más importantes del fútbol mundial. En las tribunas, su madre, Celia, no pudo contener el llanto al ver a su hijo vestir aquella camiseta por última vez. Lo mismo ocurrió con su esposa, Antonela Roccuzzo, y sus tres hijos, Thiago, Mateo y Ciro, quienes tuvieron el privilegio de ingresar al campo de juego junto a su papá.
El encuentro fue una verdadera fiesta entre el equipo y su gente. La Selección respondió dentro de la cancha con una contundente victoria por 3-0, mientras el público acompañaba cada jugada con la conciencia de estar presenciando un momento irrepetible. El resultado, sin embargo, parecía ser apenas un detalle frente a la dimensión de lo que estaba en juego: la despedida de un futbolista que había acompañado a los argentinos durante buena parte de sus vidas.
Tras el pitazo final, llegó el momento de los homenajes. La expectativa era enorme y muchos imaginaban una ceremonia a la altura de la figura que se despedía. Lo que debía ser una celebración inolvidable terminó, por momentos, opacado por decisiones organizativas que despertaron el malestar de los presentes.
Todo comenzó con un espectáculo de drones que, de manera inesperada, dio paso a una extensa publicidad de la marca Sancor Seguros. La reacción del público no tardó en hacerse escuchar mediante abucheos. Incluso una cámara captó al entrenador Lionel Scaloni mientras le preguntaba a uno de sus colaboradores: «¿Es joda esto?», en una escena que reflejó el desconcierto que generaba lo que estaba ocurriendo.
Aquel episodio fue apenas una parte de los cuestionamientos. La representación de una imagen de Messi con una postura que generó comentarios, la posterior difusión de información sobre espectáculos que habrían sido suspendidos y los mensajes de otros futbolistas que no pudieron proyectarse por la falta de una pantalla adecuada alimentaron las críticas hacia los organizadores. A esto se sumaron los cánticos de los hinchas contra el presidente de la AFA, que dejaron en evidencia el descontento de un sector del público con su gestión.
Así, una jornada que prometía ser perfecta también quedó atravesada por errores evitables. La organización no estuvo a la altura de las expectativas y varios detalles terminaron desviando la atención de lo verdaderamente importante. Sin embargo, ni los inconvenientes ni las críticas consiguieron borrar la emoción de aquel momento.
Finalmente, Messi tomó el micrófono y habló. Sus palabras, pronunciadas frente a miles de personas y millones de espectadores, se convirtieron en uno de los momentos más significativos de la jornada. No hacía falta un espectáculo extraordinario ni una puesta en escena deslumbrante: bastaba con escucharlo. También hubo lugar para las lágrimas de Enzo Fernández, quien no pudo contener el llanto al comprender la magnitud de lo que estaba presenciando. Para él, como para tantos otros futbolistas, Messi no era solamente un compañero: era el ídolo que había inspirado sus sueños y que ahora comenzaba a despedirse de una historia compartida.
Y quizás ahí estuvo la verdadera belleza de aquella jornada. En medio de los errores, las luces y los homenajes que no salieron como se esperaba, lo esencial permaneció intacto: el cariño de un pueblo hacia alguien que le había regalado mucho más que títulos y goles.
Porque despedir a Messi no significa únicamente decirle adiós a un futbolista. Significa cerrar un capítulo de nuestras propias vidas, revivir el sufrimiento de las finales perdidas y volver a sentir la alegría de aquella noche en Qatar.
Durante veinte años, Lionel Messi nos enseñó que incluso los sueños más grandes pueden resistir las derrotas, las críticas y las decepciones. Nos hizo llorar de tristeza, saltar de alegría y abrazarnos con desconocidos. Nos devolvió la ilusión cuando parecía perdida y nos regaló una de las imágenes más hermosas de nuestra historia deportiva: al el levantando la Copa del Mundo.
Tal vez por eso nadie quería que llegara este día. Porque hay despedidas que duelen no por lo que termina, sino por todo lo que significó. Y aunque el tiempo avance, aunque las canchas cambien y aunque algún día su nombre deje de aparecer en las convocatorias, habrá algo que permanecerá para siempre.
