Ring, ring, ring: el sonido del despertador. No es más que el celular programado para sonar a una hora determinada. Otro día laboral comienza.
La mañana nunca arranca sin un baño de agua fría, aunque haga nueve grados en agosto. Bien dicen: Misiones no es para amarillentos. Soy la excepción a la regla: vivo con alergia. Y un poco soy el culpable, ¿o no? Entre las cinco y las seis de la mañana, el tiempo vuela.
La noche anterior decido madrugar e ir a trabajar en transporte público; en bondi, para que quede más claro. Detrás de esta decisión, que quizás sea naíf o cotidiana para muchos, para mí hay una ruptura con el esquema: levantarme, desayunar, darme una ducha fría, mirar un poco las noticias y pedir un auto de aplicación.
No veo nada excepcional en mi rutina, pero cuando uno vive dentro de una estructura que se mece en la zona de confort, salir de ella hace que los sentidos se despierten.
A las 5:50 horas salgo de casa y camino las cuatro cuadras que me separan de la parada del colectivo. La calle está desolada, como en una película de terror en la que sabés que, en cualquier momento, puede aparecer un psicópata para matarte. Pero ahí voy, observando todo a mi alrededor como un niño que descubre algo nuevo. Y un poco sí: no suelo caminar por el barrio a las cinco de la mañana.
Por dentro pienso: “Dale, boludo, no podés ser tan cagón”.
No puedo negar que genera cierta adrenalina estar solo en la calle. Ni los perros están despiertos. En realidad, no hay mucho para temer, pero los mambos no se hacen solos.
Llego a la parada. No hay nadie. Pienso que perdí el colectivo.
Nada bueno puede ocurrir en la cabeza de alguien que ya está haciendo algo con miedo. Miro hacia ambos lados de la avenida: está vacía. Toda una escena de The Walking Dead recreada en la vida real. Pego una puteada. Es parte de la idiosincrasia.
A lo lejos diviso una luz azul. Elijo creer.
—¡El bondi! —exclamo entre susurros.
Es el glorioso 32, que llega para salvarme la vida.
—Buenos días —saludo con voz fuerte, sin titubeos.
—Buenos días, señor —responde el chofer.
Ese “señor” me causa gracia porque estoy cada vez más lejos del “che, pibe”.
Pago el viaje y elijo sentarme en uno de los asientos del fondo, cerca de la puerta trasera. Busco mis auriculares, pongo música de Spinetta y arrancamos vuelo.
La tranquilidad vuelve a mi cuerpo. La ansiedad baja y la idea de que aparezca un zombi desaparece.
Los minutos pasan. Es un recorrido que jamás hice. Los vidrios empañados obstaculizan el paisaje de los barrios, así que dejo que mis sentidos se relajen y disfruto del viaje.
Para alguien que suele sentirse presionado incluso cuando nada lo exige, resulta un poco caótico comprender que no hace falta estar siempre alerta. Contradicciones que todavía debo seguir trabajando con la psicóloga.
Suben y bajan personas. Los que van a trabajar, los que vuelven. Los pibes que van a la escuela, con sus mochilas y sus caras de pocos amigos. Todos estuvimos en esa. Los entiendo.
El bondi tiene una energía que no es buena ni mala. Una energía que los pasajeros habituales seguramente ya conocen. Yo soy el chico nuevo.
Pasaron 50 minutos de viaje. El colectivo se llenó. No me di cuenta de nada. Estaba llegando a destino. Posadas ya se despertó, hay autos, colectivos, motos por doquier. Y yo estoy sorprendido como si hubiera descubierto un nuevo mundo a los 33 años.
Quizás no había nada extraordinario en tomar el 32 a las seis de la mañana. Lo extraordinario era descubrir que, mientras yo acostumbraba pedir un auto desde la comodidad de mi casa, había muchas historias que ver en el bondi de camino al trabajo.
