La conversación duró pocos segundos. Estábamos alrededor de una mesa hablando de trabajo, relaciones y planes para el fin de semana cuando alguien dijo:

—Yo ya les avisé qué quiero que hagan si algún día me muero.

Hubo un silencio breve.

—Dale, boludo. Estamos comiendo —respondió otro.

Todos nos reímos y cambiamos de tema. La muerte había intentado sentarse a la mesa, pero nadie quería servirle un plato.

Siendo adultos jovenes hablamos de ansiedad, terapia, vínculos tóxicos, sexo, política y plata. Sin embargo, alcanza con mencionar la muerte para que alguien responda “no digas eso”, como si nombrarla pudiera hacer que ocurriera antes.

Sabemos que existe, pero la imaginamos lejos. Siempre les pasa a otros, en otra ciudad o dentro de una noticia que deslizamos rápidamente con el dedo. Hasta que un día aparece un mensaje, una llamada o una publicación que comienza con “no te la puedo creer”.

Hace poco, el celular me mostró una fotografía vieja. En ella aparecían personas que todavía forman parte de mi vida, otras a las que ya no veo y alguien que murió.

Para el algoritmo no había ninguna diferencia.

Todos eran rostros guardados dentro de una carpeta. El teléfono había encontrado la foto, le agregó música y me la devolvió como un recuerdo feliz. La persona que ya no estaba seguía sonriendo, detenida en una época en la que todavía tenía planes.

Quienes crecimos entre finales de los noventa y comienzos de los dos mil conocimos otra manera de recordar. Las fotografías estaban dentro de álbumes familiares y no aparecían sin permiso. Había que buscarlas, despegar el plástico y pasar las páginas.

Nuestros abuelos también convivieron con una muerte más visible. En muchas familias, los velorios se realizaban dentro de las casas. Los vecinos acompañaban, los chicos escuchaban las conversaciones y el duelo tenía formas reconocibles.

Hoy la muerte ocurre lejos de nuestra rutina: en hospitales, sanatorios y habitaciones cerradas. Después nos enteramos mirando una pantalla.

El historiador francés Philippe Ariès estudió este cambio. Durante siglos, la muerte fue considerada un acontecimiento familiar y comunitario. Con la modernidad comenzó a ocultarse hasta convertirse en un tema incómodo, casi prohibido.

No dejamos de morir. Solamente aprendimos a disimularlo mejor.

La ciudad sigue funcionando. Los colectivos pasan, los negocios abren y las historias de Instagram continúan avanzando. Alguien muere dentro de un edificio mientras, en la vereda, otra persona se enoja porque el delivery está tardando demasiado.

En internet sucede algo todavía más extraño: una persona puede morir sin desaparecer.

Sus fotos siguen publicadas, sus comentarios permanecen y su cumpleaños sigue apareciendo en los recordatorios. Facebook e Instagram incluso permiten transformar las cuentas de personas fallecidas en perfiles conmemorativos. Son una especie de cementerio digital abierto las veinticuatro horas.

Nuestra generación va a dejar una cantidad enorme de rastros: audios de WhatsApp, videos, publicaciones, ubicaciones, memes, listas de reproducción y conversaciones completas. Antes podían quedar algunas cartas y fotos. Nosotros vamos a dejar espacio de memoria ocupado en el telefono.

La inteligencia artificial ya puede utilizar esos archivos para imitar la voz y la manera de hablar de alguien que murió. Estos programas son conocidos como "griefbots": sistemas diseñados para simular conversaciones con personas fallecidas.

Parece un episodio de "Black Mirror", pero ya es una discusión real. En algunos países se utilizan fotografías y grabaciones familiares para generar videos de seres queridos que ya no están. Para algunos puede ser una forma de consuelo; para otros, una manera peligrosa de no aceptar la ausencia.

La pregunta es inevitable: si pudiéramos volver a escuchar a alguien que murió, ¿lo haríamos?

Probablemente sí.

Querríamos hacer una última pregunta, escuchar nuevamente su voz o recibir una frase que nunca llegó. Pero no estaríamos hablando con esa persona. Estaríamos frente a una máquina entrenada para decir lo que creemos que ella habría dicho.

Sería una presencia sin futuro.

El filósofo Martin Heidegger sostenía que reconocer nuestra muerte no significa vivir aterrados, sino comprender que nuestras posibilidades son limitadas. Saber que la vida termina nos obliga a hacernos responsables de lo que hacemos con ella.

Dicho de manera más simple: no tenemos tiempo infinito para convertirnos en quienes queremos ser.

Eso no significa abandonar todo, endeudarse con una moto y justificar cualquier delirio diciendo que “la vida es una sola”. Significa comprender que postergar también es una decisión.

Decimos que algún día vamos a visitar a nuestros abuelos, llamar a un amigo, comenzar un proyecto, pedir disculpas o decirle a alguien que lo queremos. Tratamos ese “algún día” como si fuera una cuenta inagotable de tiempo.

Pero la muerte rompe esa fantasía.

Nos recuerda que existirá una última conversación sin que sepamos que es la última. Probablemente no tendrá música de fondo ni una frase perfecta. Quizás termine con un sticker, un “después te llamo” o un simple:

—Dale.

Volví a mirar la foto que había aparecido en mi teléfono. La persona que ya no estaba seguía sonriendo desde la pantalla. No intenté imaginar qué me diría hoy. Me alcanzó con recordar que, durante un tiempo, había formado parte de mi vida.

Guardé el celular.

Pensé otra vez en aquella conversación interrumpida. Hablar de la muerte puede resultar incómodo, pero no hace que llegue antes.

Solamente nos recuerda que todavía estamos vivos.