Muchas veces, en distintos aspectos de nuestra vida, estamos inconformes con algo que nos pasa: en el trabajo, en un deporte, en un grupo de amigos o en cualquiera de las tantas situaciones que atravesamos a diario. Pero ¿Cuántas veces nos quedamos en ese mismo lugar? ¿Cuántas veces el miedo a cómo reaccionarán los demás, o la incertidumbre de qué pasará si damos un paso al costado, termina siendo más fuerte que nuestras propias ganas de cambiar?

Se los digo yo, que pasé años haciendo algo que no disfrutaba simplemente por “plata”. Aunque, pensándolo hoy, supongo que ese argumento era más bien una cortina para tapar el miedo que tenía a descubrir si podía hacer otra cosa que no fuera correr, picar una pelota y tirar al aro.

Y ese miedo terminó pasando factura. Empecé a hacer las cosas de mala gana, a quedarme sin energías y, cada vez que tenía que hacerlo, aparecía el enojo. Un enojo que, algunas veces, terminaba transformándose en tristeza. Probablemente haya rozado una depresión. A eso se le sumaba estar a miles de kilómetros de mis seres queridos. Todo por el terror de no saber qué había después de dar ese paso.

En todo esto también juega un papel enorme la confianza —o, mejor dicho, la desconfianza— que tenemos en nosotros mismos. Y eso me lleva a preguntarme: ¿Cuántas cosas dejamos de hacer, decir o intentar simplemente porque no sentimos la seguridad suficiente?

Pienso, por ejemplo, en cuando era niño y quería ir a jugar a la plaza. Muchas veces le pedía a mi mamá que fuera ella quien les preguntara a los chicos si podía jugar con ellos. Hoy puedo pensar que quizás haber sido tan consentido no me ayudó demasiado en ese aspecto, pero tampoco voy a cuestionar la crianza de mi madre. Sé que hizo lo mejor que pudo y siempre desde el amor.

A lo que voy, es que priorizarnos no es tan sencillo como parece. A veces necesitamos ese pequeño empujón para acercarnos y preguntar: “¿Puedo jugar con ustedes?”. O, años después, hacernos una pregunta mucho más incómoda: “Si ya no quiero hacer esto, ¿por qué lo sigo haciendo?”.

Desde afuera, todo parece fácil. Pero cuando estamos atravesando esas situaciones, muchas veces resulta más cómodo quedarnos en nuestra zona de confort, incluso si eso significa seguir haciendo algo que nos hace mal. Preferimos esa incomodidad conocida antes que enfrentarnos a la incertidumbre de lo desconocido.

Hoy, con 25 años y varias sesiones de terapia encima, me anime a dar ese paso y mi vida es mucho mejor de lo que alguna vez lo pensé, descubrí cosas de mi mismo que no sabía que existían y sobre todo, que puedo hacer otras cosas que no sea hacer un deporte, también puedo decir que estoy empezando a priorizar lo que quiero y lo que siento. No siempre me resulta fácil. Todavía me cuesta, todavía tengo miedos y todavía aparecen dudas. Pero sigo intentándolo.

Quizás, al final, terminé hablando mucho más de mí que de una situación que podría aplicarse a cualquiera. Pero ¿Quién mejor que yo para hablar de esto, si durante tantos años fui casi la personificación del miedo a salir de la zona de confort?

A veces todavía me pregunto: “¿Qué hubiera pasado si…?”. Y probablemente esa pregunta me acompañe durante mucho tiempo. Pero también aprendí que no tiene demasiado sentido vivir atrapado en aquello que podría haber sido. Como dice el famoso dicho: “No vamos a llorar sobre la leche derramada”.

Lo importante, quizás, no sea preguntarnos cuánto tiempo perdimos quedándonos en el mismo lugar, sino qué vamos a hacer con el tiempo que tenemos por delante.

Y ahora te pregunto a vos:

¿Ya te animaste a salir de tu zona de confort?